Al año siguiente allí estaba yo otra vez. Con la misma maleta para tres semanas y la misma mochila, aunque esta vez más vieja y cargada con un poco de experiencia y mucha motivación.
El primer contacto destacable con la realidad irlandesa me lo proporcionó un taxista muy amable. El hombre, un anciano delgado de rasgos simpáticos, logró encontrar la compleja situación de mi residencia de estudiantes, no sin antes hacer una parada (física y de taxímetro) en una comisaría para asegurar que estaba en lo cierto y una reflexión sorprendentemente ágil sobre “los jóvenes de hoy”, las costumbres irlandesas y los viajes turísticos. Todo con un acento inglés curioso que me acabaría sonando familiar.

Justo en el centro de Dublín se encuentra la figura de Molly Malone, que, como recuerda la canción, gritaba "¡berberechos y mejillones vivos!" por las calles de la ciudad
La residencia estaba pensada para estudiantes universitarios durante todo el curso académico. Por eso en pleno agosto se producía una mezcla extraña entre los alumnos de las academias de inglés y los primeros.
Si en Londres dominaba el verde corporativo de las cafeterías Starbucks que el caminante se encontraba en cada esquina, la capital de la isla esmeralda evidencia en verano el gran número de academias de inglés que alberga. A las 13.00 de cada día el centro se ve asediado por miles y miles de jóvenes, en su mayoría italianos y españoles, con el estómago vacío después de cuatro horas prácticamente ininterrumpidas de encierro.
Pero ¿cuál es el motivo de toda esta aglomeración? Seguramente no será por el tiempo. Y es que, como ya dijo en su momento mi compañera Esther, el tópico de “se viven todas las estaciones del año en un mismo día” es del todo cierto. Aunque los primeros días el visitante se decanta por la visión romántica de la lluvia y lo que verse sorprendido por ella comporta (tardes en un pub acogedor, con una buena charla en buena compañía, por ejemplo), lo cierto es que al cabo de una semana esta visión desaparece, dejando paso al fastidio, que se transforma en resignación.
Resignación que no sólo aparece con la lluvia, sino también cuando entiendes de una vez por todas que no existe metro en Dublín. Entonces aprendes otra valiosa lección de esa ciudad: no fiarse nunca de los horarios de Dublin Bus, la compañía del transporte público. Unos días después empiezas a contemplar la utilización del taxi en horario nocturno, utilizando la herramienta del “transporte compartido”.
Una costumbre que confieso me descolocó bastante fue el comprobar cómo todo dublinés agradecía el trayecto al conductor del autobús con un automático pero no seco “thank you” antes de bajar del vehículo. Este hecho, para alguien acostumbrado a un empujón de otro usuario como única despedida del autobús resulta chocante.
Una gran institución irlandesa son, sin duda, los pubs. Lo importante en estos locales tan típicos, al contrario de lo que pueda parecer, no son los miles y miles de tipos de cerveza que en ellos puedes encontrar. Nunca sabes a quién conocerás y de qué acabarás hablando. Sin olvidar alguna que otra genial actuación en directo. Los viernes por la noche era obligada una visita al Portershouse del centro de la ciudad para escuchar a un cantautor como pocos con una taza de chocolate caliente y nubes (costumbre en la mayoría de los pubs) entre las manos.
Seguramente el lector habrá oído hablar del llamado pub crawling. Esta costumbre básicamente dublinesa se basa en recorrer toda una serie de pubs en grupo en una misma noche. Semejante rutina nocturna proporciona en la zona turística de Temple Bar escenas tragicómicas casi todas las noches.

Efectos del 'pub crawling' en medio de Temple Bar
Yo, además, incluiría otro hábito derivado de las “public house”: el pub talk, a mi parecer mucho más interesante. Este fenómeno te permite conocer a gente como Amanda Clarke, entrenadora personal y bellísima persona, y aprender cómo la identificación de género en la cultura irlandesa sigue presente en el ambiente urbano en pleno siglo XXI, cuando cuenta que las mujeres irlandesas generalmente piden “half pint” y casi nunca beben Guiness sin nada más.
Y a gente como Sinnead, profesora de inglés, que te enseña a diferenciar entre el acento de clase media-alta del sud de Dublín y el acento de la clase obrera del norte de la ciudad. En un pub talk se puede, incluso (como fue mi caso) encontrar una persona que te fascina de tal modo que decides que ese pub talk dure meses, quizás años…
Y no hay que dejar Dublín sin hablar de la importante presencia de la música en muchas expresiones de la vida irlandesa. Empezando por los cientos de músicos de calle que amenizan los recorridos urbanos día y noche. Pero también las actuaciones de ceiling dance los domingos (con sol, lluvia o lo que caiga) en Phoenix Park. Sorprende lo relativamente fácil que es encontrar en plena ciudad un local en el que pasarte la tarde aprendiendo bailes irlandeses.

Músico en Grafton St.

Músicos nocturnos en Temple Bar

Ceiling dance en el parque
Belfast
Fue aquí donde entró en juego mi motivación, después de todo: ¿Para qué recorrerse 200 km tan sólo para visitar una ciudad triste y gris? Estaba totalmente determinada a andar por las calles de la ciudad del conflicto, a respirar el aire enrarecido que dejan unos hechos traumáticos recientes.

Belfast, la ciudad gris
Quería recorrer los barrios de ambos bandos y descubrir por mi misma los murales, pequeños (o gigantes, en muchos casos) recuerdos ideológicos con una fuerza enormemente alegórica. Y lo hice. Supongo que fue durante la visita a la ciudad gris y llena de verjas que entendí que ese estaba siendo un viaje de los de “para volver”.

Reproducción del Guernica hecha en conjunto por los artistas de ambos bandos