La carrera del ocio

Nuestros abuelos nos llamaban desde los distintos destinos de sus viajes con el Imserso. Nuestros padres recordaban viejos tiempos con las cenas que de vez en cuando organizaban con sus amigos de toda la vida y se sorprendían mutuamente con regalos de precios prohibitivos. El último i-pod del mercado; unas entradas para un Barça-Madrid; un fin de semana en Caldea; un viaje a París completamente romántico, completamente organizado por una agencia de viajes y completamente caro.

Y nosotros? Nosotros habíamos incorporado el consumo a cada una de las actividades que realizamos diariamente. Si teníamos una tarde libre, la pasábamos en Fnac, escuchando música hasta que encontrábamos un CD de cuya compra dependía nuestra integridad vital. Tampoco podíamos pasar por la temida sección de series de televisión sin descubrir la última temporada de nuestra nueva serie favorita y hacernos con ella. Los sábados teníamos ya cita con todas y cada una de las tiendas propiedad de Inditex del centro de la ciudad. Como plan alternativo o complementario teníamos la sesión de cine semanal, acompañada por la sesión de estafa semanal (claro, no había cine sin palomitas y una Coca-Cola gigante). Además, una noche estaba reservada al desfase en cualquier local con música y a precios astronómicos el ml de alcohol.

Éstos eran los tiempos, espacios y objetos de ocio de la clase con el poder adquisitivo al que vEla dirigido todo producto, ya sea material o simbólico (en mi caso, el referente sería quizás más próximo a Aída) hasta hace tan sólo unos meses. Y ahora? Ahora, para esta clase, es más o menos lo mismo, pero con cargo de conciencia. Y para otros sectores de la población? Depende: ya se sabe que en estos ámbitos, lo bajo sólo puede bajar más y lo alto no hace más que subir.

Esta época en la que toda familia está integrada en el círculo de consumo no es más que la última evolución del ocio en occidente. Una evolución que ha estado directamente relacionada con las horas de trabajo y el tiempo de “ocio pagado”. A lo largo de esta historia, que tuvo su origen a principios del siglo XIX, vemos de qué manera el ocio fue absorbiendo las masas y su progresivamente adquirido tiempo. Al mismo tiempo, comprobamos que la élite ha sabido canalizar este tiempo a favor de sus intereses, llegando incluso a intervenir, como creadora, en las tendencias del “producto popular”.

Una representación del asunto en un producto de masas determinado.

Huellas

Haiku

En la nieve

los pasos permanecen;

llevan a ti.

Harold Bloom

El pasado miércoles el profesor Jose María Perceval, entre una docena de tipos de definición del amplio término que es “cultura”, introdujo la idea de la “cultura como distinción”. Del mismo modo que se construye la cultura se van señalando los distinguidos de esa cultura; la inclusión, ya sabemos, va acompañada siempre de la exclusión.

Esta afirmación es idónea para introducir al protagonista de mi actualización de esta semana. Nosotros, los individuos de mi generación, lo tenemos presente sobre todo por la polémica que se originó a partir de sus comentarios sobre los libros de Harry Potter. Harold Bloom, crítico cultural (preferentemente literario), escribió un artículo a finales del 2000 en el Wall Street Journal titulado Can 35 Million Book Buyers Be Wrong? Yes.

Con semejante tarjeta de presentación (en lo que a visión de una determinada cultura se refiere) tomamos, pues, los de mi generación, al hombre que publicó El Canon Occidental. Volviendo al tema de la última clase, creo que no existe un ejemplo más claro de distinción en la cultura que escribir un libro catalogando los 26 autores imprescindibles en tanto que seguidores de una regla ideal del mundo occidental (canon). No en vano, el canon de Bloom ha sido identificado por varios autores como el del grupo de los “hombres blancos muertos”.

¿Y por qué escoger, entre comunicadores de la talla de Marcel Reich-Ranicky o la mismísima Oprah Winfrey, a un manifiesto crítico del marxismo y el feminismo (entre otras tendencias aceptables y/o bien consideradas en la sociedad occidental actual)? Teniendo en cuenta que la controversia parece ser un lugar común entre los comunicadores culturales del panorama observado en clase, Harold Bloom resulta interesante, además, por sus ideas sobre la concepción del genio.

El individuo como isla, la crítica a la vinculación continua del genio con el contexto social, la idea de “la ansiedad de la influencia”…No puedo evitar ver en todo esto un cierto reflejo de la visión pesimista de la definición individualista de cultura que describió Perceval. En efecto, parece que no anda muy lejos del relato de Semelweis, el genio incomprendido por una sociedad que no le merece. Quizás también andaría cercana a la definición elitista…

En todo caso, si esta breve pincelada de Bloom no acaba de dejar claro el mundo de las ideas del crítico estadounidense, siempre podemos optar por escuchar las palabras de uno de tantos personajes made in youtube. Se agradecen las molestias que este chico tan dado a la parodia (se puede comprobar fácilmente ojeando su videoblog) se ha tomado para dárnoslo a conocer. Otro caso, todo hay que decirlo, de polémica. ¿Será que el crítico no se quita el sombrero de crítica ni para dormir?

2. Irlanda: el poder del ‘pub talk’

Al año siguiente allí estaba yo otra vez. Con la misma maleta para tres semanas y la misma mochila, aunque esta vez más vieja y cargada con un poco de experiencia y mucha motivación.

El primer contacto destacable con la realidad irlandesa me lo proporcionó un taxista muy amable. El hombre, un anciano delgado de rasgos simpáticos, logró encontrar la compleja situación de mi residencia de estudiantes, no sin antes hacer una parada (física y de taxímetro) en una comisaría para asegurar que estaba en lo cierto y una reflexión sorprendentemente ágil sobre “los jóvenes de hoy”, las costumbres irlandesas y los viajes turísticos. Todo con un acento inglés curioso que me acabaría sonando familiar.

Justo en el centro de Dublín se encuentra la figura de Molly Malone, que, como recuerda la canción, gritaba "berberechos y mejillones vivos!" por las calles de la ciudad

Justo en el centro de Dublín se encuentra la figura de Molly Malone, que, como recuerda la canción, gritaba "¡berberechos y mejillones vivos!" por las calles de la ciudad

La residencia estaba pensada para estudiantes universitarios durante todo el curso académico. Por eso en pleno agosto se producía una mezcla extraña entre los alumnos de las academias de inglés y los primeros.

Si en Londres dominaba el verde corporativo de las cafeterías Starbucks que el caminante se encontraba en cada esquina, la capital de la isla esmeralda evidencia en verano el gran número de academias de inglés que alberga. A las 13.00 de cada día el centro se ve asediado por miles y miles de jóvenes, en su mayoría italianos y españoles, con el estómago vacío después de cuatro horas prácticamente ininterrumpidas de encierro.

Pero ¿cuál es el motivo de toda esta aglomeración? Seguramente no será por el tiempo. Y es que, como ya dijo en su momento mi compañera Esther, el tópico de “se viven todas las estaciones del año en un mismo día” es del todo cierto. Aunque los primeros días el visitante se decanta por la visión romántica de la lluvia y lo que verse sorprendido por ella comporta (tardes en un pub acogedor, con una buena charla en buena compañía, por ejemplo), lo cierto es que al cabo de una semana esta visión desaparece, dejando paso al fastidio, que se transforma en resignación.

Resignación que no sólo aparece con la lluvia, sino también cuando entiendes de una vez por todas que no existe metro en Dublín. Entonces aprendes otra valiosa lección de esa ciudad: no fiarse nunca de los horarios de Dublin Bus, la compañía del transporte público. Unos días después empiezas a contemplar la utilización del taxi en horario nocturno, utilizando la herramienta del “transporte compartido”.

Una costumbre que confieso me descolocó bastante fue el comprobar cómo todo dublinés agradecía el trayecto al conductor del autobús con un automático pero no seco “thank you” antes de bajar del vehículo. Este hecho, para alguien acostumbrado a un empujón de otro usuario como única despedida del autobús resulta chocante.

Una gran institución irlandesa son, sin duda, los pubs. Lo importante en estos locales tan típicos, al contrario de lo que pueda parecer, no son los miles y miles de tipos de cerveza que en ellos puedes encontrar. Nunca sabes a quién conocerás y de qué acabarás hablando. Sin olvidar alguna que otra genial actuación en directo. Los viernes por la noche era obligada una visita al Portershouse del centro de la ciudad para escuchar a un cantautor como pocos con una taza de chocolate caliente y nubes (costumbre en la mayoría de los pubs) entre las manos.

Seguramente el lector habrá oído hablar del llamado pub crawling. Esta costumbre básicamente dublinesa se basa en recorrer toda una serie de pubs en grupo en una misma noche. Semejante rutina nocturna proporciona en la zona turística de Temple Bar escenas tragicómicas casi todas las noches.

Efectos del 'pub crawling' en medio de Temple Bar

Efectos del 'pub crawling' en medio de Temple Bar

Yo, además, incluiría otro hábito derivado de las “public house”: el pub talk, a mi parecer mucho más interesante. Este fenómeno te permite conocer a gente como Amanda Clarke, entrenadora personal y bellísima persona, y aprender cómo la identificación de género en la cultura irlandesa sigue presente en el ambiente urbano en pleno siglo XXI, cuando cuenta que las mujeres irlandesas generalmente piden “half pint” y casi nunca beben Guiness sin nada más.

Y a gente como Sinnead, profesora de inglés, que te enseña a diferenciar entre el acento de clase media-alta del sud de Dublín y el acento de la clase obrera del norte de la ciudad. En un pub talk se puede, incluso (como fue mi caso) encontrar una persona que te fascina de tal modo que decides que ese pub talk dure meses, quizás años…

Y no hay que dejar Dublín sin hablar de la importante presencia de la música en muchas expresiones de la vida irlandesa. Empezando por los cientos de músicos de calle que amenizan los recorridos urbanos día y noche. Pero también las actuaciones de ceiling dance los domingos (con sol, lluvia o lo que caiga) en Phoenix Park. Sorprende lo relativamente fácil que es encontrar en plena ciudad un local en el que pasarte la tarde aprendiendo bailes irlandeses.

Músico en Grafton St.

Músico en Grafton St.

Músicos nocturnos en Temple Bar

Músicos nocturnos en Temple Bar

Ceiling dance en el parque

Ceiling dance en el parque

Belfast

Fue aquí donde entró en juego mi motivación, después de todo: ¿Para qué recorrerse 200 km tan sólo para visitar una ciudad triste y gris? Estaba totalmente determinada a andar por las calles de la ciudad del conflicto, a respirar el aire enrarecido que dejan unos hechos traumáticos recientes.

Belfast, la ciudad gris

Belfast, la ciudad gris

Quería recorrer los barrios de ambos bandos y descubrir por mi misma los murales, pequeños (o gigantes, en muchos casos) recuerdos ideológicos con una fuerza enormemente alegórica. Y lo hice. Supongo que fue durante la visita a la ciudad gris y llena de verjas que entendí que ese estaba siendo un viaje de los de “para volver”.

Reproducción del Guernica, hecha en conjunto por los artistas de ambos bandos

Reproducción del Guernica hecha en conjunto por los artistas de ambos bandos

1. Londres: un mundo dentro del mundo

Si de algo no tengo queja en mis relativamente escasos años de vida son los viajes que las circunstancias me han llevado a hacer. Y digo circunstancias porque desde la distancia una se da cuenta de que ninguno de los mejores viajes que ha realizado ha sido por iniciativa propia, al menos no por completo.

Tan sólo añado un pero (siempre habrá un pero): y es que mis pasos (o circunstancias, siguiendo con la explicación anterior) no me han llevado aún a descubrir tierras no europeas. Aún así, debo reconocer que los viajes buenos existen de verdad, y que estos no dependen ni del dónde ni del cuándo, sino del cómo y de la actitud. De acuerdo, es un tópico, pero ya hemos aprendido que de tópicos también se vive.

Como ya he dicho, y por paradójico que pueda parecer, los buenos viajes siempre han surgido por iniciativa externa a la propia. Personalmente, jamás hubiera podido imaginar que el entusiasmo que hace dos años impregnaba el gobierno de turno impulsara la creación de una beca de ayuda económica para estudiar inglés en el extranjero. Gracias a esta oportunidad, que he aprovechado dos años seguidos, he vivido prácticamente las mejores experiencias de mi vida hasta la fecha.

1. LONDRES: UN MUNDO DENTRO DEL MUNDO

Un ciudad bajo la ciudad

Un ciudad bajo la ciudad

Con una maleta para tres semanas, una mochila vieja, un mapa impreso en “borrador rápido” y un nudo de nervios en el estómago. Así me presenté un día de agosto en el aeropuerto de Stansted, a 60 km de la ciudad europea más contaminada. Era la primera vez que viajaba sola y eso, confieso, me hacía andar con los ojos abiertos de un modo que a criterio de los demás rozaría lo grotesco.

Estábamos sólo yo y mi para entonces oxidado inglés frente a una ciudad de la que sabía que posee uno de los más altos índices de criminalidad en Europa, que aloja el famoso Big Ben, que fue escenario de los crímenes del no menos famoso Jack The Ripper, que usa autobuses de dos pisos y poco más.

El primer reto: encontrar la casa de la familia de acogida. Tenía ciertas nociones sobre cómo llegar hasta Victoria Station, pero una vez allí alcanzar mi destino se volvió más complicado. A medida que me iba alejando de la estación hacia el sur las calles me iban pareciendo más y más iguales: las mismas casas, las mismas verjas, el mismo blanco inundando las fachadas, los mismos coches, los mismos habitantes…Mi hora prevista de llegada, las 12.30. Mi hora real de llegada, las 14.45. Precisamente, rompiendo uno de los “vicios” más conocidos del ciudadano inglés.

Calles de Londres

La familia de acogida consistía en una señora adorable, y su perro, llamado Phiphy. Ella me proporcionó el contacto más directo con la vida londinense: visitas a las cadenas de supermercados que reinan todos y cada uno de los barrios de la ciudad (véase Sainsbury’s y Tescos) y al piso de estudiantes de su hijo, un fan declarado de Almodóvar.

La otra cara de mi existencia durante esas tres semanas está relacionada con la escuela de inglés y la fauna variopinta que en ella encontré y que se convirtió en mi compañía permanente por calles, museos, mercados, restaurantes, pubs, clubes, barcos, norias gigantes y otras cosas del estilo.

Libro particular, en una librería particular en un barrio particular (Portobello's Road)

Libro particular, en una librería particular en un barrio particular (Portobello's Road)

Ambigüedades en Londres

Ambigüedades en Londres

Toda ciudad-mundo debe tener su correspondiente cementerio, de iguales características. Tumba de Marx en Highgate

Toda ciudad-mundo debe tener su correspondiente cementerio, de iguales características. Tumba de Marx en Highgate

En tres semanas aprendí a decir “Salut” (o su equivalente) y otras expresiones prácticas en italiano, portugués, japonés, alemán, turco y coreano; que Londres es una ciudad que nunca duerme (incluso a las tres de la madrugada de un miércoles); y que parece albergar muestras de todo el mundo entre sus más de siete millones de habitantes. Pasear por el colorido Portobello’s Road, buscar tesoros escondidos entre las paradas de Camden Town, perderse en el interior del laberíntico metro de la ciudad, congelare en la cubierta de un barco en medio del Tamesis… Todo es posible en este pequeño mundo dentro del mundo.


Todo puede pasar en la capital del Reino Unido

Todo puede pasar en la capital del Reino Unido

Itaca, o la importancia del viaje

Camino, senda, aventura, explorar, ver, sentir, vivir. Viajes emprendidos en nuestro viaje original, que es la vida.

El ser humano nace aburrido. Animal extraño donde los haya, siente curiosidad por todo cuanto le rodea, pero sólo hasta que se familiariza con ese entorno. Entonces se detiene con un poco de obstinación a observar minuciosamente los límites, lo que queda lejos de su familiaridad, es decir, lo que le resulta extraño.

Nos atrae el otro y lo otro por desconocido. Nuestra empatía se vuelve simpatía frente a lo nuevo o, incluso, frente a lo “oscuro”. Y cuando digo “oscuro” también hablo de perversión, en el sentido de “el trastorno del orden establecido de las cosas”. Vagamos siempre en busca de nuevas sensaciones, de aquello que nos aleje de algún modo de nuestras pautas normales.

Y no debemos olvidar que somos seres sociales y, como tales, vivimos en sociedad. Y esta se cohesiona mediante su propio conjunto de realidades, llamado cultura. Y ¿qué es viajar sino buscar ese componente desestabilizador que tanto nos atrae en otro conjunto de realidades cohesionadas que nos resulta ajeno?

La imagen del viajero romántico es la de un solitario que en su soledad conoce el mundo y a través de él se conoce a sí mismo. Esta es justamente la imagen que evoca el proyecto del profesor Santiago Tejedor a través de su página web. Un proyecto que transpira utopía por todos sus poros y que nos enseña a viajar “para volver”. Él mismo recurre en una ocasión a una reflexión de Eduardo Galeano:

“La utopía está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar

Efectivamente, el horizonte siempre estará más allá. Justo donde debe estar, para que podamos seguir deleitándonos con nuevos conocimientos y nuevas experiencias, para que nos podamos detener tantísimas veces como haga falta, descubriendo en nuestro camino cosas que nos parecerán maravillosas y otras que no tanto, que harán cambios cromáticos en la visión de nuestra Ítaca; pero sin perder el rumbo.

Es curioso que quien escribiera “Ítaca”, en 1911, careciera de todo sentido social. O quizás no lo es tanto. Kavafis no encajaba nada bien en su entorno, como tantos y tantos otros no lo hicieron en su momento.

Millones y otras perversidades del mercado del arte

El coleccionista es un ser con una motivación cuyo origen escapa de mis razonamientos. Los hay de mariposas, sellos, cromos, targetas, postales, cómics, monedas, discos de vinilo, zapatos, autógrafos, pósters, botellas de cerveza. Y los hay que, sencillamente, se dedican a coleccionar objetos y obras de decenas y hasta cientos de millones de euros.

Un Frans Hals por 4,4 millones de dólares, un Géricaut por 11,5 o un Matisse por 40. Estos bailes de cifras encuentran su origen en los intermediarios, las casas de subastas. El ejemplo más excedido entre lo excedido tuvo lugar hace a penas poco más de una semana cuando, Christie’s mediante, Pierre Bergé sacó a subasta la colección que había estado acumulando junto a Yves Saint Laurent. Hasta la friolera de 484,5 millones de dólares fueron recaudados durante el evento.

Casualmente, la gran mayoría de los poseedores de sendas fortunas permanece en el anonimato. No sucedió, sin embargo, con el polémico comprador de las dos no menos polémicas figuras de bronce que habían pertenecido a la fuente del palacio de verano de Pekín. Su nombre salió a colación, peró no con los adjetivos connotativos propios de cualquier multimillonario que se precie. Cai Mingchao afirmó, días después de su compra, que no piensa pagar los 30 millones.

Cabeza de rata

Entonces, según esto tenemos una cabeza de rata y una de conejo secuestradas por un ciudadano chino. Ahora bien, la cosa cambia si se tienen en cuenta los motivos alegados. Y es que las cabezas fueron parte del saqueo realizado por britànicos y franceses durante la segunda guerra del Opio. No es la primera vez que Cai actúa “en nombre del pueblo chino”: hace tres años compró un Buda de la Dinastía Ming en una subasta de Sotheby’s.

De hecho, existe en China el Fondo Nacional de Tesoros, una organización no gubernamental que se dedica a ir recuperando patrimonio cultural chino robado durante las guerras coloniales. Resulta casi grotesco que las propias culturas originadoras de las piezas històricas tengan que “recomprarlas”. Y todavía más si recordamos la existencia de un tratado internacional que propone la devolución de las piezas robadas. De ser así, imagino el British Museum prácticamente vacío…

Pero esta no es la única paradoja de este intercambio de valores especulativos, este mundo de las élites. La estructura y el funcionamiento del mercado del arte están marcados por una serie de perversiones viciosas. Además de resultar inexplicable cómo surgen esas montañas de cifras millonarias, cabe cuestionarse qué es lo que dicta el valor monetario de las obras de arte o, mejor dicho, quién. En este sentido, resulta muy ilustrativo el ejemplo real que relata un colaborador de un diari argentino. “¿Y qué pasaría si Damien Hirst le pintara una nariz de payaso y después lo firmara?”.

El ternero dorado de Hirst

Precisamente, Damien Hirst nos lleva a otra de las perversidades (esta vez doble: metafórica y real). Más allá de su conocido zoológico en formol, él y su manager, Frank Dunphy, han dado lecciones maestras en cómo hinchar de valor y supuesto arte cualquier creación.

Y, en todo esto, ¿cuál es el papel del estado? Mi opinión coincide, en cierto modo, con la del profesor J. M. Perceval. Encontramos aquí también una perversidad, la del estado democrático que debe su legitimidad al pueblo y que siguiendo con esta lógica transforma las antiguas casas de los monarcas en edificios para hacer el arte público. Un arte que los ciudadanos podremos pagar para ver, pero nunca poseer. Claro, el arte PÚBLICO contemporáneo, como ya lo fue el clásico, está pensado por y para las grandes fortunas.